Escritor dominicano
José Carvajal

Un desalojo anunciado

Escritor dominicano

Me parece bien que cierren el Comisionado Dominicano de Cultura en Nueva York. Con ello acabará la prepotencia de unos cuantos que en vez de aprovechar el poder durante el gobierno de Leonel Fernández para desarrollar programas culturales sin partidismo, con base firme en la comunidad, terminaron creando una división sin precedentes en la diáspora que tanto se enarbola desde Washington Heights y sus alrededores.

Creo que el cierre del Comisionado es necesario, para el ordenamiento de las ideas y de las propuestas culturales con espíritu comunitario, como sucedía en los años ochenta y parte de los noventa. Ya lo dije antes, y lo reiteré hace dos años en mi libro “A quien pueda interesar: Reflexiones sobre Washington Heights y otros temas”, más que ayudar el Comisionado frustró las sanas iniciativas culturales de la diáspora y filtró la política partidista por todas partes.

Todos sabemos, y los que no, lo sabrán ahora, que el Comisionado fue la única forma posible de investir de funcionario público a Franklin Gutiérrez. Fue él quien se inventó el Comisionado, y fue así como vendió a su amigo ex ministro de Cultura, José Rafael Lantigua, la torpe idea de centralizar en la diáspora la siempre valiosa pujanza cultural de los dominicanos en Nueva York. Que yo recuerde, desde que era adolescente, en el alto Manhattan se ha hecho y se hará cultura, con o sin Comisionado.

Pero el invento de Franklin Gutiérrez y el desmedido afán de José Rafael Lantigua de contar con un séquito de fieles a su gestión como ministro, acabaron con las sanas ilusiones de decenas de trabajadores de la cultura que terminaron “oficialmente” excluidos porque no se doblegaron a los caprichos de los reptiles del poder.

Hoy esos reptiles corren desesperados en la misma fauna que se crearon a su antojo, porque sobre ellos pesa la amenaza de cierre del Comisionado, algo que podría ocurrir en cualquier momento. Yo lo que lamento es que el cierre sea forzado por una orden de desalojo a falta de pago de alquiler, y no por escrutinio y decisión del renovado gobierno dominicano y su nuevo ministro de Cultura, José Antonio Rodríguez.

En sus hambrientas propuestas centralizadoras, el ex ministro José Rafael Lantigua y su exlugarteniente de la diáspora Franklin Gutiérrez, olvidaron las sabias palabras de Mario Vargas Llosa, de que “para asegurar la libertad y el pluralismo cultural es preciso fijar claramente la función del Estado en este campo. Esta función solo puede ser la de crear las condiciones más propicias para la vida cultural y la de inmiscuirse lo menos posible en ella”.

Asimismo, Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, entiende que “el Estado debe garantizar la libertad de expresión y el libre tránsito de las ideas, fomentar la investigación y las artes, y garantizar el acceso a la educación y a la información de todos, pero no imponer ni privilegiar doctrinas, teorías o ideologías, sino permitir que estas florezcan y compitan libremente”.

El Comisionado, por supuesto, hizo en la diáspora todo lo contrario de lo que dice Vargas Llosa. Los mediocres establecieron su propio búnker, y desde él elaboraron su propia guerra de guerrilla y dispararon a matar como si los demás fueran soldados apátridas que intentaban avanzar en un campo de batalla minado.

En conclusión, lo que provocaron desde aquella trinchera que hoy se cae a pedazos fue “un torbellino turbulento”, como diría el filósofo italiano Giancarlo Livraghi, y eso abrió “infinidad de puertas a la estupidez”.

¡Que sellen los candados!

Por José Carvajal

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